La procesionaria del pino agradece el calor invernal

El inusual clima que está experimentando la Península —significativamente más cálido que en décadas anteriores— no solo altera el ciclo natural de floración de diferentes especies vegetales, pues, además, acelera el crecimiento de numerosos insectos, entre los cuales se encuentra la dañina procesionaria del pino (Thaumetopoea pityocampa).

La población de este lepidóptero —calificado como plaga, en diferentes textos— se extiende por el centro y sur del continente europeo y, sobre todo, afecta a bosques de pinos provocando una fuerte defoliación. Pero, además, la procesionaria del pino —de coloración marrón y recubierta por unos finísimos pelos blancos— es urticante y constituye un peligro para personas y mascotas (en las últimas puede provocar la asfixia). Por tal motivo se combate, sobre todo, en parques urbanos, áreas recreativas, pistas forestales y senderos.

Hasta hace algunos años lo habitual era que, durante el invierno, las orugas permanecieran en el árbol, en fase de crecimiento y, ya en primavera, bajaban —en fila india— al suelo para enterrarse y completar la fase de crisálida; posteriormente, ya convertidas en mariposa, las hembras depositan los huevos en los brotes de los árboles y, tras la eclosión, al inicio del siguiente invierno, las orugas tejen las bolsas de seda para refugiarse durante el crecimiento. En la actualidad se han podido observar orugas, ya en el suelo y preparándose para la fase de crisálida, al inicio del mes de enero.

Según un artículo publicado en la revista científica ecosistemas, el aumento de la temperatura media (el cambio climático) favorece a la mayoría de plagas y, en el lado opuesto y consecuentemente, perjudica a multitud de extensiones forestales y agrícolas. En el caso de la procesionaria ocurre que, al acelerar su ciclo habitual, provoca una mayor defoliación en los pinares (o pinadas), los cuales, además de haber recibido poca agua, aún no presentan muchos brotes verdes.

El mismo artículo indica que, en los últimos años, la procesionaria ha colonizado áreas cuyas condiciones climatológicas —inviernos gélidos hasta hace poco— no eran favorables para esta especie, cuya población crece exponencialmente —cada oruga pone una media de 200 huevos—. Concluye afirmando la difícil tarea de frenar el cambio climático, aunque con una interesante propuesta: puesto que los bosques con mayor biodiversidad son, en general, menos sensibles a plagas, tal vez habría que plantear las repoblaciones forestales en esa línea, ya que existen áreas reforestadas exclusivamente con pinos.

Fuente:
ecosistemas nº 21 (Revista Científica de Ecología y Medio Ambiente).

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Adán Agulló

Apasionado de la naturaleza y el patrimonio cultural. Técnico Superior en Sistemas de Telecomunicaciones e Informáticos. Autor de libros de viaje y senderismo; el último: «Paseos con historia por la costa de Alicante».

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