La villa que despierta al pasado: un viaje por la Fira de Tots Sants (Cocentaina)

La villa que despierta al pasado: un viaje por la Fira de Tots Sants (Cocentaina)

Orígenes, ecos y resiliencia de Cocentaina

Al despuntar el alba de noviembre, el aire en Cocentaina se llena de presagios y de memoria, y parece que la villa entera se disponga a abrir un libro que se remonta al año 1346, cuando Pedro IV de Aragón concedió el privilegio de celebrar esta feria bajo la protección real. Aquellas cartas de salvaguarda, nacidas para que mercancías y viajeros cruzaran caminos inseguros sin temor, hicieron de la Fira un corredor seguro en pleno medievo, donde el comercio era también amparo y pacto.

Con la aurora aún prendida en las cornisas, la plaza de la Vila se convierte en umbral de pactos y baratillos, primer escenario de los encuentros y trueques que luego fluirían hacia el Pla y, con los siglos, hacia otros espacios como la plaza del Mercado para la feria caballar. Pastores y agricultores cruzaban sierras y valles con su mejor ganado, mientras la villa olía a pan recién hecho, a lana y a hierro, y los tratos se sellaban con la antigua liturgia del apretón de manos.

Tan poderosa fue la feria en su tiempo que su duración inicial se fijó en quince días por San Miguel, un aliento largo que subrayaba la ambición de convertir Cocentaina en polo mercantil de la comarca y más allá. El calendario, sin embargo, no fue siempre un remanso: entre 1671 y 1795 se intentaron cambios de fecha y encaje, y fue la insistencia popular la que devolvió la celebración a su pulso de Todos los Santos, afirmando así una costumbre que resistió traslados, litigios y epidemias.

En 1778, cuando ya se contaban 370 paradas, el rumor de los puestos formaba un río de tablas y lonas que se derramaba por las calles, un número preciso que hoy resuena como cifra viva en la memoria de los inventarios antiguos. Incluso el siglo XIX, con sus oleadas de cólera y sus sobresaltos, no logró apagarla por mucho tiempo, porque bastaba una tregua para que el bullicio volviera a ocupar las calles con renovado fervor.

La modernidad al compás de los siglos

Hoy, la Fira de Tots Sants estalla moderna entre muros centenarios y ecos medievales, extendiéndose en un manto de alrededor de 140.000 metros cuadrados que parece arropar la villa entera. Ese manto acoge a más de 800 expositores, donde conviven maquinaria agrícola, automoción, artesanía y gastronomía con denominación de origen, como si el tiempo hubiera aprendido a ordenar puestos por siglos.

Uno puede pasear entre tractores de última generación y al momento por un bucólico zoco, intentar un “esmorzar de fira” en el bullicio o perderse en un mercado medieval donde el pasado y el presente se funden sin anunciarlo. Los susurros de siglos pasados se mezclan con la algarabía de niños, el tintineo de herraduras y los acordes de músicos ambulantes, y de pronto la feria se vuelve universal y multiforme, reconocida con credenciales como Bien de Interés Cultural Inmaterial sin perder el olor a hierro, heno y pan.

Acercarse a Cocentaina en estos días es cruzar el umbral de la historia viva: bajo la mirada imperturbable del castillo, entre pancartas y banderas, se entretejen los sueños de entonces con las celebraciones de ahora, y el privilegio de Pedro IV late todavía como una cláusula de continuidad.

Por un instante, cada visitante se sabe heredero de una promesa que trasciende el tiempo, la de no dejar morir nunca la llama de la Fira de Tots Sants, una llama que hoy se mide en metros y expositores pero que, en el fondo, sigue siendo la misma luz de noviembre encendiendo los mismos gestos: probar, regatear, brindar, prometer volver.

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Enlaces de interés:
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Adán Agulló

Apasionado de la montaña, el senderismo y el patrimonio cultural. Autor de los libros Sendas y Leyendas de Alicante, Rutas con historia por el entorno de Elche y Paseos con historia por la costa de Alicante.