Riópar, Graubner y el río Mundo: cómo un pueblo cambió de lugar

Un ingeniero venido del norte tomó medidas del agua y del bosque en el interior de Albacete. El primer martinete marcó el pulso y Riópar Viejo quedó en vela, mientras el Nuevo aprendía a respirar al ritmo de las fábricas.
En Riópar, el río Mundo no solo baja: trabaja, pule, templa. Allí, un austriaco con mirada de ingeniero y hambre de futuro trajo a finales del XVIII una ambición de latón y bronce que cambió para siempre la geografía íntima de un pueblo. Arriba quedó el cerro antiguo, con su castillo y su iglesia, recogiendo polvo de siglos. Abajo, alrededor de las naves, creció una vida nueva: calles, oficios, nombres que olían a viruta y a hollín claro, a calamina machacada sobre el yunque del tiempo.
La fábrica que inventó un pueblo
Juan Jorge Graubner llegó a Madrid en 1758, joven, preciso, obstinado. Trece años después subió al Calar del Mundo para mirar de cerca una promesa: calamina, el mineral que, junto al cobre, hace nacer el latón. Carlos III vio en aquel proyecto un latido moderno y, en 1773, firmó la Real Cédula que amparaba las Reales Fábricas de San Juan de Alcaraz, primeras en España, segundas en el mundo tras las alemanas de Goslar. No era solo abrir una factoría; era inaugurar una forma de organizar el territorio con agua, madera y ciencia aplicada, con el río como columna vertebral de una industria naciente.
Graubner pensó en dos corazones para una misma criatura: San Jorge, a pie de mina, junto al río Mundo, para calentar, calcinar, extraer cinc y trabajar el cobre; San Juan, en la vega amplia del arroyo del Gollizo, para dar forma a los objetos, tornar la aleación en vida doméstica: pomos, herrajes, lámparas, medallas, cacharrerías que llevarían el brillo discreto del valle a ferias y exposiciones en medio mundo. La distancia entre ambos núcleos —media hora escasa— exigía algo más que caminos: un asentamiento propio, un pueblo nuevo pensado para obreros y familias, con casa, escuela y campanas que marcan turnos además de fiestas.
En 1781, el agua se hizo músculo visible: el río Mundo se encajó en la presa del Laminador y la rueda del martinete empezó a girar con la constancia de una respiración mecánica. Desde entonces, el complejo funcionó de veras: canales, presas, dientes de sierra en las cubiertas, pequeñas centrales hidroeléctricas, y la inventiva obstinada de quienes tienen que hacer mucho con poco. Hubo etapas de empresa y de Estado, de privilegios y de penurias, de guerra y de improvisaciones. Pero también hubo orgullo: piezas premiadas en Madrid, Londres, París o Filadelfia, y un saber hacer que se transmitía de banco en banco, de mirada a mirada, como si el metal también guardara memoria propia.
En el recorrido por la historia caben todas las metamorfosis. La empresa fue privada privilegiada, luego mixta con el concejo de Alcaraz, después pública bajo la Real Hacienda en 1785, y más tarde volvió a manos privadas en el siglo XIX, cambiando de razón social y de expectativas. En el XX, las décadas duras transformaron oficios y prioridades: se fabricaron cartuchos, se adaptaron máquinas, se levantó en los cincuenta la gran nave de dientes de sierra y se exprimió, una vez más, la fuerza del agua. En 1984 llegó el cierre; los obreros la compraron y la convirtieron en sociedad laboral, una resistencia que duró hasta 1996. Quedaron la plaza, la chimenea erguida, los pabellones de madera oscura, y un museo que hoy enseña a los visitantes cómo suenan los engranajes cuando el pasado se explica sin prisa.
Del cerro al valle
El cambio no fue solo productivo. Fue urbano, emocional. La antigua villa medieval, encaramada sobre el cerro, empezó a vaciarse. Se trasladaron la parroquia y el ayuntamiento al valle, al latido moderno de las naves. Lo que durante un tiempo se llamó Fábricas de San Juan de Alcaraz, luego Fábricas de Riópar, terminó por asumir el nombre de, sencillamente, Riópar. El de arriba, con murallas heridas y la iglesia del Espíritu Santo, pasó a llamarse Riópar Viejo, como si el propio lenguaje reconociera que la vida había cambiado de campanario y de horizonte.
Riópar Viejo siguió su propio compás. Quedó casi vacío, casa por casa, ventana por ventana. En las noches claras, el viento pasaba entre las ruinas como quien hojea un libro olvidado. Pero la piedra sabe esperar. El turismo rural —primero tímido, luego sostenido— empezó a devolver calor a los muros, a encender chimeneas en invierno y a llenar de voces suaves las terrazas de verano. No hubo estridencias: pequeñas casas restauradas, restaurantes de pocas mesas, caminos que buscan el horizonte sin correr. La vieja colina volvió a tener latidos propios, distintos a los del martinete, pero igual de fieles a su sitio en el mundo.
El museo y la vida cotidiana
La visita de hoy deja ver un triángulo de fuerzas: metal, agua, comunidad. El museo de las Reales Fábricas ofrece la trama técnica y humana: los canales que doman el caudal, los talleres de fundición y laminado, las máquinas que aún podrían arrancar con un gesto; y, al lado, la trama doméstica: viviendas obreras, patios donde los niños aprendían, a su manera, la gramática del tiempo. Entender Riópar es seguir ese hilo: no solo qué se hacía, sino cómo esa práctica redibujó un mapa de afectos, de distancias, de identidades.
Hay escenas donde la historia parece respirarse. Un domingo de septiembre, la plaza de Riópar Viejo se llena de vecinos y de ecos del pasado: después de la procesión de la Virgen de los Dolores, el baile de la pita bajo el olmo marca la fiesta mayor, y durante unas horas la colina se olvida del silencio. Abajo, en la nave de San Juan, el otoño tiene otro sonido: el vapor se levanta de las cubas y el ritmo del martinete acompaña manos que golpean el cobre rojo. Hoy, en el museo, un niño se detiene frente a una máquina y pregunta cómo se utilizaba; el guía explica, las palabras tejen un puente entre los oficios de antes y la curiosidad de quien mira por primera vez.
Hay también una ética discreta en la historia de este valle. La Ilustración llegó aquí sin teatro de corte ni salones: llegó con el amparo real y con la fe práctica de un extranjero que apostó su fortuna, trajo maestros alemanes, negoció con concejos, tropezó con burocracias y, aun así, dejó funcionando un organismo complejo. Luego vendrían las derivas propias de dos siglos de España: guerras, crisis, cambios de propiedad, renacimientos parciales. Mirado desde el presente, el conjunto de Riópar enseña la belleza de lo que resiste y la fragilidad de lo que depende de una sola veta, de un solo mercado o de un solo favor del Estado.
El pueblo nuevo de Riópar invita a entrar al museo, seguir el cauce del Gollizo, leer con los pies la geometría de las naves. Se sale con el oído afinado: uno cree escuchar todavía la madera crepitar en los hornos, el roce del latón bajo el paño de pulido. Arriba, el Viejo abre sus ventanas restauradas y deja pasar un aire que huele a tomillo y a paredes recién encaladas. Desde el mirador, el valle enseña su lección sin palabras: se puede abandonar un lugar sin traicionarlo; se puede volver sin deshacer el camino ya hecho.
Y, sin embargo, nada de esto sería lo que es sin el agua. El río Mundo, con sus chorros caprichosos y su paciencia antigua, ordena los ritmos. El Laminador fue un acto de confianza absoluta en el río como fuerza de trabajo. Hoy, ese mismo rumor acompasa la visita y da sentido al tránsito entre ruinas, museo y casas rurales. Como si el valle recordara que, antes que fábrica, fue cauce, y que el metal no haría más que aprender la disciplina del agua: ceder y empujar, templar y ceder otra vez.
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Enlaces de interés:
Qué ver en Riópar.
Ruta a los Chorros del río Mundo.


