El Racó de Sant Bonaventura y sus molinos: crónica del río Polop en Alcoy

El Racó de Sant Bonaventura y sus molinos: crónica del río Polop en Alcoy

Allí donde el agua se aquieta y ensaya cascadas, Alcoy encuentra su refugio más próximo: un paraje que es corredor de vida entre Font Roja y Mariola, con molinos que cuentan oficios antiguos y un puente de siete lunas que invita a medir el tiempo en pasos.

El Racó de Sant Bonaventura es una garganta de agua y piedra donde el río Polop se hace íntimo, talla pozas, ensaya cascadas y, entre chopos, deja oír el rumor de unos viejos molinos que marcaron el pulso de Alcoy durante siglos. Allí, en el tramo alto del Polop, la memoria late entre acequias y represas que aún cuentan el oficio del agua, mientras los alcoyanos siguen acudiendo como quien vuelve a casa: sin prisa, con el mismo gesto de siempre, para respirar vegetación de ribera y dejar que el tiempo afloje.

Dicen que el río es un gran escultor. Y en estas orillas se nota: las calizas aparecen hendidas en canales y cubetas, los taludes muestran los años como anillos de un árbol, y la corriente, aun discontinua según la estación, sabe detenerse lo justo para que los pájaros canten y la sombra de los chopos dibuje un techo efímero sobre las mesas del merendero. Entre la Font del Quinzet y Els Canalons, un pequeño universo se despliega con fauna esquiva —garduñas, ginetas, reyezuelos— y plantas que aman la humedad —enea, carrizo, cola de caballo—.

El Polop llega al Racó con una respiración honda, como quien entra en una estancia familiar y reconoce el lugar por el olor a piedra húmeda y juncos recién peinados por el viento. Las rocas, pulidas en los recodos, guardan pequeñas piscinas donde se demora la luz, y una presa mínima, allá arriba, recuerda el antiguo pacto entre agua y trabajo: contener lo justo para repartir, para empujar una rueda, para dar harina al pueblo que se levantaba temprano. A la sombra, suenan pasos: un grupo que charla bajo los olmos, una pareja que sigue la senda junto al cauce, niños que buscan insectos entre plantas como si rastrearan tesoros diminutos.

A veces, el río desborda la armonía y recuerda su fuerza antigua. En la riada de 2024, el Polop se llevó mesas y bancos río abajo, dejando huellas de barro donde antes se celebraban meriendas y despedidas. El paisaje aceptó el golpe como se acepta una verdad: la memoria del agua no perdona el olvido, y en cada nueva temporada, las ramas inclinadas y los caminos lavados conversan en silencio sobre lo que se fue y lo que aún queda aquí.

Rutas de senderismo en Alcoy: Racó de Sant Bonaventura.
Racó de Sant Bonaventura (Alcoy).

Historia del agua: molinos y memoria

En el Racó de Sant Bonaventura funcionaron dos molinos harineros —el Molí de Dalt y el Molí de Baix— que aprovecharon los pequeños desniveles del río Polop mediante una presa discreta y una red de acequias que conducían el agua hasta el cubo y el cárcavo, donde el salto se transformaba en fuerza para mover las piedras; hoy, en la entrada del área recreativa, los muros macizos, los huecos profundos y las trazas del canal y la maquinaria permiten leer aún el plano de ese ingenio hidráulico local, como si el polvo de harina, el saco que cae y la vibración del tamiz siguieran resonando al final de la jornada.

Vínculos de Alcoy con su Racó

Para Alcoy, el Racó no es sólo un paisaje: es un hábito que se hereda, una costumbre que pasa de padres a hijos, una manera de nombrar el descanso sin salir del término. Por su proximidad a la ciudad y la facilidad de acceso, los alcoyanos lo frecuentan como área de esparcimiento: mañanas de domingo, tardes de primavera, esas horas de quietud en las que se cuentan anécdotas, se baja a tocar el agua aunque esté fría, y se repite la foto junto al salto como quien reza un pequeño ritual laico. El arraigo excursionista es antiguo; rutas marcadas desde el propio Paseo de Cervantes te llevan por un sendero local hasta el Racó, y la caminata, más que una actividad, se siente como una procesión íntima hacia la calma.

No importa si ese día la fiesta mayor ocupa las calles con metales y pólvora o si el calendario marca la vuelta al colegio: el Racó siempre ofrece un paréntesis, un refugio próximo, a un paso el barrio de Batoi, donde el río apaga el ruido de la ciudad. A quienes viven aquí les basta decir “¿baixem al Racó?” para entenderse, como si el lugar fuera también una contraseña de pertenencia que no necesita explicaciones.

Leyendas y ecos

A veces, los nombres tienden un hilo hacia lo sagrado y, sin exigir credulidades, dejan un resplandor en la toponimia: Sant Bonaventura como norte, como invocación de agua buena, de bendición discreta en tiempos duros. No hace falta una versión canónica de la vida del santo para sentir cómo la tradición oral ha bordado cuentos y leyendas junto al cauce: historias de noches claras donde el río canta, advertencias antiguas sobre la prudencia en los remansos, pequeñas moralejas que los mayores cuentan para que los pequeños no olviden que el agua es hermosa, pero manda. En Alcoy, la palabra Racó ya es una promesa: llegará el aire fresco, habrá sombra, el sonido de una corriente que todo lo hace más llevadero.

El dato que estremece no es una cifra, sino una constatación: pese a los cambios del siglo, pese al abandono que tantas veces se lleva por delante los oficios, el Racó ha conservado un equilibrio raro, donde ruina y vida dialogan sin estorbarse. Entre las piedras, crecen helechos elegantes; en los márgenes, el carrizo se inclina y baila; en la ribera, el bosque mixto asoma todavía en reductos de encina, fresno y arce, como un recordatorio de que la diversidad también resiste cuando encuentra un rincón que la ampara.

El camino que une

Hay una forma de llegar que dibuja un puente entre memorias: seguir la ruta señalizada desde el Paseo de Cervantes y enlazar, de vuelta, con la Vía Verde que cruza el Puente de las Siete Lunas, alzando su geometría de arcos sobre el paisaje como si fuera una partitura de silencio y vértigo. Ese viaducto, de 230 metros de longitud y 46 de altura, impresiona no sólo por la ingeniería, sino por lo que convoca: la mirada se abre hacia la Font Roja, hacia Mariola; a veces, un salto humano —puenting— corta el aire y el valle vuelve a quedarse quieto tras el grito. Siete Lunas no es metáfora caprichosa, sino conteo: siete ojos, siete arcos alineados sobre el Polop.

Más adelante, la Vía Verde se interna hacia túneles largos y miradores discretos, pero antes, en el primer tramo, la senda ofrece un balcón natural al paraje de El Salt, ese salto de agua que se enciende con las lluvias intensas y que, en días generosos, convierte el rumor del valle en un aplauso de espuma. Alcoy merece su apodo de ciudad de puentes, sí, pero aquí el puente es también la excusa para un paseo sin calendario, una invitación a medir el tiempo en pasos, no en relojes.

Rutas de senderismo en Alcoy: Puente de las Siete Lunas.
Puente de las Siete Lunas, sobre el cual discurre la Vía Verde de Alcoy.

Respirar el paraje

Quien se sienta en las mesas del Racó de Sant Bonaventura aprende pronto el vocabulario de la ribera: el reyezuelo que insiste, la sombra movediza de un autillo, el brillo esquivo de una culebra de agua que tacha la superficie como un guion rápido. A pocos metros del cauce, la tierra guarda un museo más antiguo: cuevas con industria lítica, huellas prehistóricas en abrigos cercanos, piedras que recuerdan una paciencia de milenios bajo el mismo cielo. Esa superposición —molinos modernos, huellas prehistóricas, vegetación que se abre paso— deja un lugar por capas, una página donde cada época escribió sin borrar del todo lo anterior.

La ruta invita a lo pequeño: observar el musgo de un murete, olfatear el hinojo que crece en los márgenes, seguir con la vista la danza de los insectos sobre la lámina calma de una poza. El valor no está sólo en el conjunto, sino en los fragmentos: una acequia que aún delinea el suelo, un resto de compuerta, una rama sumergida que dibuja círculos perfectos cuando cae una hoja.

El agua que nos ordena

No hay pasado sin presente que lo cuide. Que el Racó sea hoy Paraje Natural Municipal desde 2002 no es sólo una declaración administrativa: es el reconocimiento de que este tramo del Polop sostiene una conversación importante entre ecosistemas, entre parques y personas, y que su escala humana lo convierte en maestro paciente de civismo y paisaje. El corredor biológico que tiende entre la Font Roja y Mariola no se ve en un mapa turístico, pero se siente en la temperatura, en la humedad que se aferra al cauce, en el vuelo de una curruca capirotada que encuentra aquí un pasillo seguro.

Tal vez por eso la ciudad ha hecho suyo este rincón: porque recuerda que progreso y cuidado no son opuestos, que la ingeniería del viaducto puede convivir con la música baja del río, y que una tarde de paseo al Racó compone una sinfonía doméstica donde cada movimiento pide atención y calma. En esa secuencia, los viejos molinos aparecen como notas graves: sostienen la armonía, dan espesor a lo que vemos, nos recuerdan que trabajar con el agua exige pactos, no imposiciones.

Ecos de la Font Roja

Desde la Vía Verde, el telón oscuro de la sierra acompaña como un mural cambiante: según la hora, las carrascas y los quejigos se oscurecen o se encienden, y el aire trae un olor limpio que contrasta con la ciudad, tan próxima que parece mentira. La vía ciclopeatonal traza ahí su mejor virtud: no llevar a ninguna parte urgente, sino enseñar a mirar de otra manera lo que está al lado, a dos túneles de distancia. Al bajar de nuevo hacia el Polop, el contraste cuenta la historia entera: la altura del viaducto frente a la humildad del cauce, el rigor de los arcos frente a la docilidad del meandro; dos maneras de atravesar el mismo valle, ambas necesarias si se saben escuchar.

En el Racó, el agua mueve todavía ruedas invisibles: moliendas que ya no existen y, sin embargo, ordenan el ánimo, como si cada remanso fuese un recordatorio de las cosas esenciales —pan, sombra, compañía— que sostienen una vida. Quizá por eso los alcoyanos vuelven: no por una fecha concreta, sino por una fidelidad discreta, esa que aprende a pronunciar el nombre del lugar con cariño y sin explicación, como se pronuncia el de alguien de la familia. Cuando cae la tarde y el viaducto se recorta al fondo, basta un gesto —meter la mano en el cauce, oler la hierba mojada— para entender que aquí el tiempo no corre: se desliza, y en su tránsito nos deja más ligeros, más atentos, un poco más en casa.

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Adán Agulló

Apasionado de la montaña, el senderismo y el patrimonio cultural. Autor de los libros Sendas y Leyendas de Alicante, Rutas con historia por el entorno de Elche y Paseos con historia por la costa de Alicante.