Donde el agua sueña: el latido de las norias en Abarán y el valle de Ricote

Donde el agua sueña: el latido de las norias en Abarán y el valle de Ricote

Arte y patrimonio se entrelazan en estas ruedas que, con paciencia centenaria, alzan el agua para sostener un paisaje donde cada gota cuenta una historia.

Dicen que si uno se sienta al borde del río Segura, cuando la tarde baja azul sobre los huertos, es posible escuchar una voz antigua: no es el viento solamente, ni la corriente, sino el roce leñoso de una rueda que gira desde hace siglos, desgranando el agua para embriagar la tierra. Así empiezan las historias que guarda el valle de Ricote, donde aún persisten las norias, delicado engranaje de memoria y deseo.

Un arte de elevar la vida

Han pasado generaciones desde que el ser humano, aferrado a la ribera sedienta, aprendió a torcer el destino del agua. Las norias —derivadas de la palabra árabe na‘ura, “la que llora” por el lamento de su eje al girar— encontraron en el valle de Ricote y en la huerta de Abarán un escenario ideal, encajonado entre montañas y ríos, donde la necesidad alumbró un arte hidráulico singular. Aunque la rueda de corriente posee raíces que algunos atribuyen a los tiempos romanos, fue bajo la égida andalusí —en el siglo VIII y en adelante— cuando el ingenio se multiplicó y perfeccionó, llevando el agua a cotas imposibles, regalando verdor sobre los áridos escalones de la sierra.

El principio es sencillo y, sin embargo, casi milagroso. El cauce del río o la acequia empuja palas que, con ritmo incansable, elevan cubetas llenas de agua hasta un canal superior, desde donde se derrama la vida sobre terrazas, limoneros y melocotoneros, entre otros cultivos. Así combatieron los antiguos su geografía adversa, tallando vergeles en la roca y definiendo un paisaje de acequias, muros secos y campos que aún perduran.

No fueron los árabes inventores, pero sí los grandes poetas y difusores de la noria. Llegaron a ser más de un centenar al compás del río Segura, articulando una coreografía de madera y agua que moldeó la huerta murciana y sus pueblos: Blanca, Ojós, Ulea, Archena y, sobre todo, Abarán.

En el corazón de la huerta: Abarán y sus norias

Abarán se recuesta en la entrada del valle, al pie del río, y resguarda el mayor conjunto funcional de norias tradicionales de España, declarado Bien de Interés Cultural en la categoría de Lugar de Interés Etnográfico. Durante cientos de años, estos artilugios han regado huertos y frutales, alimentando una economía y un modo de vida que aún palpitan bajo la corteza del tiempo. En torno al río giran hoy varias norias tradicionales, acompañando la niebla matutina o la luz cansada del atardecer en sus círculos de madera vieja y cangilones bruñidos.

La Noria Grande, con sus casi doce metros de diámetro, es la más grande de Europa en funcionamiento. Data de las primeras décadas del siglo XIX, aunque su armazón fue reconstruido varias veces a lo largo del siglo pasado. Su rumor —mitad cadencia, mitad quejido— animaba las acequias, elevando metros cúbicos de agua para esparcir el frescor sobre la tierra, reclamando cada palmo de huerta frente a la aridez circundante.

Junto a ella persisten otras hermanas menores: la de la Hoya de Don García, la del Candelón y la de la Ñorica, cada una con su propia música y su caudal de historias. Por sus radios han pasado generaciones de campesinos, aprendiendo y perpetuando los secretos del agua bajo la mirada de la sierra del Oro y la promesa de los azudes.

Noria de la Hoya de don García (Abarán, Murcia).
Noria de la Hoya de don García (Abarán, Murcia).

La noria como símbolo: del uso a la identidad

No sólo se movieron las norias por necesidad. A fuerza de inscribirse en el paisaje y el alma colectiva, se hicieron emblema: la expresión misma de una relación dócil y orgullosa con el agua, de una cultura que supo transformar la adversidad en benevolencia. Cada noria es testimonio silencioso de la unión entre tecnología tradicional y el pulso sostenido de quienes la mantienen viva.

Hoy, algunas han dejado de girar, desplazadas por motores y nuevas redes de riego que exigen menos paciencia y menos manos. Pero otras, restauradas y reconocidas, siguen impulsando agua a los huertos con la dignidad intacta. El característico sonido de su giro se ha vuelto símbolo: marca la memoria y la identidad de las gentes de Abarán y del valle de Ricote, que celebran su presencia como parte esencial del patrimonio vivo de la región. El reconocimiento BIC y los itinerarios peatonales conforman una nueva manera de mirar y aprender: las rutas de las norias son ya escuela, museo al aire libre y promesa de conservación para las generaciones que vendrán.

Se hace necesario cuidarlas porque en la rueda que llora se condensa una forma de entender el mundo, donde la técnica y la poesía se confunden bajo la transparencia del agua. En los cangilones de barro o madera viaja el tiempo mismo, vertiéndose con delicadeza sobre la tierra agradecida.

El río Segura no solo alza el agua para la huerta; sus corrientes guardan antiguos susurros, de penas y esperanzas. Cuentan en Ojós la leyenda del Salto de la Novia, un eco de amores y pérdidas que se mezcla con la voz tenue de las norias, esas ruedas que han perfilado no solo la tierra, sino también la memoria de sus gentes.

El murmullo sin final

Hay lugares donde el presente se apoya en un arrullo antiguo. Las norias del valle de Ricote, entre árboles frutales y vegetación de ribera, siguen girando con parsimonia, como si midieran el tiempo a su modo, ajenas al vértigo de lo inmediato. Una estela de humedad queda tras su paso, una nostalgia de los días en que el agua se alzaba soñadora para besar la raíz de los naranjos.

Quizá, al borde del Segura, al anochecer, todavía sea posible oír esa voz envejecida, el cántico de la rueda que nunca cesa. La que llora. Pero lo que la noria guarda, en realidad, es el sueño antiguo de elevar la vida, para que ni la tierra ni la memoria se sequen nunca del todo.

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Enlaces de interés:
Ruta por las Norias de Abarán.
Qué ver en Caravaca de la Cruz.
Ruta en Fuente Caputa (Mula) entre pozas y restos romanos.

Adán Agulló

Apasionado de la montaña, el senderismo y el patrimonio cultural. Autor de los libros Sendas y Leyendas de Alicante, Rutas con historia por el entorno de Elche y Paseos con historia por la costa de Alicante.