La Nevà Grossa, o la nevada que paralizó el sureste peninsular

Multitud de poblaciones quedaron incomunicadas, a la vez que veían cómo muchos tejados se venían abajo.

La región del levante peninsular se caracteriza por su clima suave y poco frío en invierno. Pero si echamos la vista atrás, entre los siglos XIV y XIX tuvo lugar la denominada Pequeña Edad de Hielo que, entre otros fenómenos, provocó que el río Ebro se helara en diferentes ocasiones. Fue, durante este periodo de tiempo, cuando se construyeron numerosos pozos de nieve en las montañas de Alicante, Murcia y otros puntos de la geografía levantina. En la mayoría de estas sierras apenas cae, actualmente, una fina capa de nieve al año que no daría ni para comenzar a llenar tales pozos.

Ya había terminado la Pequeña Edad de Hielo —o tal vez no— cuando, en plenas fiestas navideñas del año 1926, una inmensa y persistente masa de aire frío se posó sobre la Península Ibérica, acompañada de copiosas nubes preparadas para descargar una ingente cantidad de humedad acumulada. La nevada registrada en la Península que más tiempo ha durado es conocida, en la provincia de Alicante, como la Nevà Grossa (la gran nevada; literalmente, la nevada gorda), comenzó el día de nochebuena, 24 de diciembre, y se prolongó hasta el día 27 del mismo mes. El evento climático alcanzó magnitudes catastróficas, pues provocó el hundimiento de multitud de tejados de viviendas e industrias, así como la interrupción de los servicios de telecomunicaciones de la época, el abastecimiento de alimentos y el acceso a diferentes municipios. Por citar alguno, en la ciudad de Alcoy el espesor de la nieve alcanzó en torno a los tres metros en las calles, donde se acumulaba el metro caído durante la nevada, más la nieve caída desde los tejados.

Según algunos textos, en la sierra de Aitana la nieve llegó a los cinco metros. En la Font Roja, una placa situada junto al santuario atestigua el nivel que en este punto alcanzó la nieve durante la Nevà Grossa: 2,10 metros. Incluso diferentes municipios de la costa, como Alicante o Torrevieja, registraron espesores de 25 centímetros. Orihuela alcanzó los 40 cm, en la ciudad de Murcia se registraron espesores de un metro y la nieve llegó, incluso, a localidades de la costa andaluza como Almería, Málaga o Sanlúcar de Barrameda, localidad en la cual cedió el tejado de numerosas buhardillas por el peso de la nieve. Tal fue la cantidad de nieve caída, sobre todo en el interior de Alicante y Murcia, que numerosas familias encontraron la ruina al ver sus viviendas, industrias y campos de cultivo aplastados y sepultados bajo el espeso manto blanco, el cual duró en las cumbres más altas de ambas provincias hasta los primeros meses del verano de 1926.

Una nevada de magnitudes similares provocaría, actualmente, sorpresa, deleite y alegría para los habitantes de la costa; pero ruina y desgracia para, entre otros, los agricultores de Alicante y Murcia que, por cierto, no son pocos. Pensemos en la bolsa de aire frío que provocó las prolongadas y abundantes lluvias de los días 17, 18 y 19 de diciembre de 2016. Solo la temperatura —tal vez, el calentamiento global— determinó que el temporal cayese en forma de agua y no de nieve. Aun así, muchos agricultores del Campo de Cartagena perdieron gran parte de sus cosechas, al ver sus campos anegados. Pero el invierno de 2016-2017 aún deparaba una sorpresa más: otro gran temporal, esta vez acompañado de nieve. La semana del 16 al 22 de enero vino cargada de una gran bolsa de aire frío que, además, iba acompañada de ingentes cantidades de precipitaciones. La mañana del martes día 17 nevó, incluso, en la costas de Alicante (y parte de la de Murcia, en Cartagena), en lugares como Dénia, Xàbia, Moraira, Guardamar del Segura, Torrevieja o Pilar de la Horadada. Dos días más tarde, el jueves 19, nevó copiosamente en zonas poco habituales, como la sierra de Crevillent (839 msnm), incluso a unos 450 metros de altitud. Por supuesto, la nieve dejó espesores superiores a un metro en sierras como las de Aitana, Mariola, Serrella o Menejador. El temporal provocó numerosas retenciones y cortes de carretera en numerosos puntos. Y, cómo no, afectó a numerosos campos de cultivo. Lo que para unos fue deleite y diversión, para otros supuso una importante pérdida.

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Adán Agulló

Apasionado de la naturaleza y el patrimonio cultural. Técnico Superior en Sistemas de Telecomunicaciones e Informáticos. Autor de libros de viaje y senderismo; el último: «Paseos con historia por la costa de Alicante».

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