Santa Pola: último refugio de los moriscos ilicitanos

Hace apenas cuatrocientos años que estas tierras (y las del resto de la Península) vieron partir a quienes durante tanto tiempo las habían labrado, trabajado y, en definitiva, configurado de un modo que ha perdurado hasta nuestros días.

Fueron los moriscos, quienes antes fueron mudéjares y, mucho antes, sencillamente musulmanes, quienes conquistaron la Península Ibérica allá por el siglo VIII. En el caso de los moriscos ilicitanos, el castillo y puerto de Santa Pola fueron los últimos lugares que pisaron antes de ser expulsados, al norte de África, tras casi nueve siglos habitando en el territorio que fue su hogar y su patria.

Embarque de los moriscos en el Grao de Valencia (Pere Oromig, 1616).

La convivencia con los cristianos, desde que el infante Alfonso (futuro Alfonso X de Castilla) se hiciera con el control de Elche en torno al año 1250, no estuvo exenta de contrariedades y numerosas disputas —Jaime I recuperó el lugar, en 1265, tras una rebelión musulmana—. Como en otros municipios, los conquistados fueron expulsados a extramuros y, allí, se les permitió erigir su arrabal (hoy, en Elche, Raval). Además, les fueron cedidas las tierras menos fértiles, con un caudal de agua significativamente menor al de los cristianos, la cual recibían a través de la acequia de Marchena.

Volviendo a la cuestión principal: tales eran los conflictos surgidos entre cristianos y mudéjares, sobre todo hacia los siglos XV y XVI, que se optó por decretar la conversión de los segundos al cristianismo —lo cual hizo Carlos I de España, el César— y, así, pasarían a denominarse moriscos. Pero tal conversión, que en Elche se realizó el 22 de enero de 1526, no se llevaba a la práctica en la intimidad, pues numerosos moriscos seguían practicando el culto al Corán.

L’expulsió dels moriscos (Gabriel Puig Roda, 1894).

Ya reinando Felipe III, decretó este la expulsión definitiva de los moriscos, el 4 de agosto de 1609, lo cual fue anunciado el 22 de septiembre. Los de Elche —unas 400 familias, es decir, unas 1540 personas, que corresponderían a un tercio de la población— salieron del arrabal el 3 de octubre y fueron guiados, hasta Santa Pola, por dos compañías de infantería de ciento cincuenta componentes cada una, entre arcabuceros y mosqueteros. El propio señor de Elche (también duque de Maqueda), Jorge de Cárdenas, confiscó todo cuanto estos poseían —aunque su coetáneo, el historiador Cristóbal Sanz, escribiese lo contrario por intereses personales—. Y lo que sufrieron los ilicitanos, de camino al puerto que les embarcaría con destino a África, les aconteció igualmente a los moriscos de multitud de municipios, pues pocos se salvaron del saqueo. Los de Crevillent y Aspe corrieron similar suerte, ya que rendían vasallaje al mismo señor y fueron embarcados en el mismo puerto, Santa Pola.

Embarque de los moriscos en el puerto de Alicante (Pere Oromig y Francisco Peralta, 1613).

Previamente al multitudinario embarque, el castillo de Santa Pola acogió a los moriscos venidos de los citados municipios, aunque para entonces ya habían sido injustamente despojados de sus más preciadas pertenencias, dejándoles solamente aquellas ropas que cubriesen sus carnes. En el puerto fondeaban nueve galeotas procedentes de Sicilia, y otras cuatro de Portugal. Seguidamente, estas embarcaciones se dirigieron al puerto de Alicante, donde se reunieron con el resto de la escuadra para partir hacia Orán y Mazalquivir (Mers el-Kebir), en África, el 5 de octubre. El día 11, del mismo mes, llegaron a la costa africana. Pero, en líneas generales, los habitantes del continente vecino no fueron tan hospitalarios como los recién llegados esperaban, pues muchos fueron sometidos a malos tratos y saqueos.

Desembarco de los moriscos en el Puerto de Orán (Vicent Mestre, 1613).

Pero no todos los moriscos abandonaron la Península, pues se permitió que los niños menores de 4 años se quedaran, si los padres así lo querían, con familias de cristianos viejos. Además, numerosos niños —hijos de los moriscos rebeldes de las montañas del interior de Alicante— quedaron huérfanos y fueron acogidos por diferentes familias (de cristianos viejos) de la geografía valenciana. En el año 1610 había, en Elche, ocho niñas y niños procedentes de Relleu y La Vall de Laguar, entre otros sitios, así como una niña, se cree que de moriscos ilicitanos. Evidentemente, adoptaron nombres, costumbres y tradiciones cristianas, pero su genética quedó, para siempre, en la tierra que vio nacer a sus antepasados. No hay más que echar un vistazo a nuestras gentes o, incluso, a uno mismo.


Estos y otros datos interesantes se recogen en el libro Paseos con historia por la costa de Alicante, ya disponible en librerías.

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Adán Agulló

Apasionado de la montaña, el senderismo y el patrimonio cultural. Autor de los libros Sendas y Leyendas de Alicante, Rutas con historia por el entorno de Elche y Paseos con historia por la costa de Alicante.

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