Leyenda de los manantiales de Peñíscola

Leyenda de los manantiales de Peñíscola

El agua, siempre necesaria, es el elemento protagonista de esta leyenda en la que felonía y astucia convergen en torno a parajes y lugares de gran belleza.

Contexto histórico

La trama de esta leyenda ambientada en Peñíscola se podría enmarcar en torno a las últimas décadas del siglo XVI o primeras del XVII, ya que diferentes textos consultados hacen alusión a Sancho de Echevarría, gobernador militar de la villa de Peñíscola en este periodo.

Exponemos aquí una versión de la leyenda que Fernanda Zabala recoge en su libro Leyendas y Tradiciones Valencianas I.

Leyenda de los manantiales de Peñíscola

Aún hoy cuentan, los más ancianos de Peñíscola, que las numerosas e inagotables fuentes del lugar —cuya extraordinaria agua utilizaban (y utilizan) para todo— se tiñeron de un extraño color rojizo durante varios días, hace muchísimos años.

Ocurrió entre finales del siglo XVII y principios del XVIII, cuando Peñíscola estaba al mando de Sancho de Echevarría. Todo comenzó con una serie de hurtos en comercios y viviendas, tan frecuentes que los propios vecinos del municipio se encargaron de desenmascarar y capturar al insaciable maleante.

Pero este, ágil y astuto, no tardó en zafarse de sus captores, y huyó a un lugar que tan sólo él y su madre conocían. Se trataba de una recóndita caverna situada en el interior de la sierra de Irta, donde habían acordado encontrarse en caso de que descubrieran que el joven era el responsable de los continuos robos.

Allí permaneció durante varias semanas, pues pesaba sobre él una orden de búsqueda y captura comandada por el propio Echevarría. Su arriesgada madre le visitaba cada semana y le llevaba el sustento necesario para sobrevivir. No le faltaba agua, pues en la cueva había un pozo que jamás se secaba.

Pero a medida que pasaban las semanas, la larga caminata hasta la caverna se hacía cada vez más tediosa para la madre y, además, el frío se comenzaba a notar en la región. Comprendieron ambos que de algún modo tenían que regresar al abrigo del hogar, a Peñíscola.

Tal estratagema se le ocurrió a la madre, tras encontrar una cuchara de madera en el lavadero de la villa. Sin esperar al día acordado, se dirigió a la cueva para mostrar el objeto a su hijo quien, asombrado, preguntó que dónde la había encontrado, pues era su cuchara y se le había caído, el día anterior, al pozo natural.

La mujer, quien sabía que era su cuchara, contó al joven que aquel pozo se debía comunicar con las fuentes de Peñíscola, y que podrían aprovechar tal circunstancia para su beneficio. Alentó a su hijo a recoger grandes cantidades de tierra para posteriormente verterla, poco a poco, en el pozo. El curso del agua haría el resto.

Al día siguiente, de todas las fuentes de Peñíscola manaba un agua rojiza y sanguinolenta. Los vecinos atribuyeron el suceso al malestar del algún santo católico. La mujer aseguraba que agua clara y cristalina volvería a brotar si se retiraban todas las acusaciones que pesaban sobre su hijo, pues a ello era debida tal maldición.

Pocos la creyeron. Agua carmesí continuó brotando durante días, y no fue hasta que los vecinos comenzaron a estar sedientos, cuando por fin accedieron a la propuesta de la mujer, con una condición: retirarían todo cargo contra el joven, pero este permanecería bajo custodia hasta que el agua recuperase su transparencia y, si esto no ocurría, sería encarcelado y juzgado por sus delitos.

Informado por su madre sobre las condiciones de su pronto y seguro indulto, se personó en la villa frente a Sancho de Echevarría y en seguida comenzó lo acordado. Al día siguiente el agua volvió a manar totalmente clara y pura, en todas las fuentes del pueblo. El joven rufián, con la lección aprendida, consiguió su libertad y por fin pudo volver a pasear por las calles de Peñíscola.

Escenario

Tanto la singular ciudad amurallada de Peñíscola como el parque natural de la sierra de Irta constituyen el escenario de esta historia, así como el subsuelo, ya que alberga un gran acuífero que provee de agua a diferentes áreas del entorno.

El acogedor centro histórico de Peñíscola se erige sobre una pequeña península amurallada donde encontramos, en su punto más elevado (64 msnm), un castillo templario muy bien conservado, el cual se puede visitar. Qué ver en Peñíscola.

En la sierra de Irta existe una ruta de senderismo señalizada como PR-CV 194, a través de la cual se pueden conocer algunos de los rincones más sorprendentes del parque natural. La torre Badum, diferentes restos arqueológicos de origen íbero o la ermita de San Antonio (siglo XVII), son solo una muestra del patrimonio arquitectónico que alberga el lugar, además de increíbles rincones naturales como acantilados o pequeñas calas.

Otros datos de interés

El castillo de Peñíscola fue residencia de Benedicto XIII —Pedro Martínez de Luna y Pérez de Gótor, el «Papa Luna»—, desde finales del siglo XIV y hasta el año 1423 (año de su fallecimiento). A este lugar trasladó su sede papal dese Aviñón, tras la negativa francesa de apoyar a un papa perteneciente a la Corona de Aragón (Benedicto XIII era natural de Illueca, Aragón), ya que dudaban de su lealtad a Francia. Finalmente, consiguieron destituirlo, declarándolo antipapa y hereje.

Paradójicamente, el mismo castillo que albergó a un «enemigo» de la corona francesa, dos siglos más tarde albergaría a un partidario y fiel defensor de esta: Sancho de Echevarría.

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