La Cara del Moro en el monte Benacantil (Alicante)

Numerosas leyendas deben su origen a formaciones caprichosas de la naturaleza, como siluetas o perfiles reconocibles en montañas o grandes rocas. Es el caso de esta historia —una de las más extendidas en la ciudad de Alicante—, en la que el amor, la fantasía y la desgracia tratan de dar explicación al nombre actual de la ciudad y a la rocosa Cara del Moro situada en el monte Benacantil.

La leyenda cuenta que…

Hay quien dice, en «la millor terreta del món», que no debe Alicante su nombre a su antigua denominación islámica (Al-Laqant), sino a una hermosa princesa árabe cuyo padre era el caudillo de la medina musulmana. Este y su hija vivían en la imponente fortaleza del Benacantil, rodeados de abrumadoras riquezas e infinitos manjares traídos de recónditos lugares de todo el mundo.

Pero según iba creciendo Cántara —la hija del califa— más pretendientes aparecían frente a su puerta. El caudillo observaba siempre a los jóvenes detenidamente, esperando que apareciera el adecuado para su hija: el más fuerte, apuesto y rico. Pasaban los días, los meses, y no aparecía un candidato merecedor de la mano de la mujer, por lo que determinó organizar un gran banquete en su castillo, al que asistiría todo pretendiente bien posicionado. Tanto éxito tuvo el festejo que no encontró a uno, sino a dos: ambos habían derrochado galanterías hacia la princesa, desde el inicio de la gala. El padre, indeciso pero satisfecho con las dos proposiciones, encargó una prueba diferente para cada uno, de modo que el primero que terminase su tarea con éxito obtendría la mano de la princesa: uno de ellos, Alí, se encargaría de traer el agua de Tibi al castillo, construyendo una acequia tan larga y robusta como fuera necesario; el otro, Almanzor, viajaría hasta las Indias, por mar, y traería las mejores especias que allí encontrase, para deleite de la joven princesa.

Ambos comenzaron con decisión sus correspondientes encargos, pero Alí, que era quien debía canalizar el agua, comenzaba a distraerse agasajando a la princesa y viéndola a escondidas. No tardó en ser correspondido y, juntos, profundamente enamorados, comenzaron a planear su próspero futuro. Pero tan absorto había estado Alí con su amada que desatendió su tarea y, cuando pensaba que ya nada le podría separar de la princesa, Almanzor llegó de las Indias cargado con lo que el caudillo le había encomendado y, por lo tanto, con su tarea completada.

El padre de Cántara, cumpliendo con su palabra e ignorando los ruegos de su hija, quien ya había hecho su elección, entregó la mano de esta al competente Almanzor, para disgusto de los amantes. Alí, afligido y desposeído de su amada, no halló mejor remedio para su pena que quitarse la vida saltando desde lo alto de la sierra de Tibi, creando un inmenso socavón en el lugar de su caída. La princesa, con igual pena, si dirigió al cerro de San Julián y, ensimismada en su desdicha, saltó mortalmente al vacío.

Tal era la amargura que sentía el emir por haber causado la pérdida de su hija, que rogó a Alá el peor de los castigos. Así, quedó él mismo petrificado bajo su despojada fortaleza y, aún hoy, podemos ver su rostro allí mismo, mirando a poniente.

Conmovidos por tan trágica historia, decidieron los habitantes de Al-Laqant rebautizar la ciudad con el nombre de Alicántara, en memoria de la princesa árabe, y de tal nombre cuentan que procede la denominación actual de la ciudad.

 

Si conoces otras versiones de esta leyenda puedes compartirlas más abajo, en los comentarios.

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Adán Agulló

Apasionado de la naturaleza y el patrimonio cultural. Técnico Superior en Sistemas de Telecomunicaciones e Informáticos. Autor de libros de viaje y senderismo; el último: «Paseos con historia por la costa de Alicante».

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