La Cara del Moro: la leyenda del Castillo de Santa Bárbara (Alicante)

La Cara del Moro: la leyenda del Castillo de Santa Bárbara (Alicante)

La leyenda del Castillo de Santa Bárbara, en el monte Benacantil de Alicante, alude a una historia de amor imposible, ambientada en época islámica.

Numerosas leyendas, en todo el mundo, deben su origen a formaciones caprichosas de la naturaleza, como siluetas o perfiles reconocibles en montañas o grandes rocas.

Es el caso de la leyenda del Castillo de Santa Bárbara de Alicante y la Cara del Moro, la cual se adivina en uno de los perfiles del monte Benacantil. Esta leyenda de Alicante, que es una de las más extendidas en la ciudad, narra cómo un caudillo árabe ofrece la mano se su hermosa hija, a quien consiga completar una misión lo antes posible.

Pero, como suele ocurrir en este tipo de historias, el joven ganador no siempre es el amor correspondido. Es entonces cuando la princesa se rebela ante su padre y decide tomar su rumbo, haciendo caso a su corazón y no a las leyes del caudillo. Sin embargo, este hecho tendrá consecuencias nefastas, provocando más de una muerte y la aparición de la Cara del Moro en una de las laderas del Castillo de Santa Bárbara.

Leyenda del Castillo de Santa Bárbara.
Castillo de Santa Bárbara (Alicante).

Leyenda del Castillo de Santa Bárbara y la Cara del Moro

Hay quien dice, en «la millor terreta del món», que no debe Alicante su nombre a su antigua denominación islámica (Al-Laqant), sino a una hermosa princesa árabe cuyo padre era el caudillo de la medina musulmana. Este y su hija vivían en la imponente fortaleza del Benacantil (hoy, Castillo de Santa Bárbara), rodeados de abrumadoras riquezas e infinitos manjares traídos de recónditos lugares de todo el mundo.

Pero, según iba creciendo Cántara —la hija del califa— más pretendientes aparecían frente a su puerta. El caudillo observaba siempre a los jóvenes detenidamente, esperando que apareciera el adecuado para su hija: el más fuerte, apuesto y rico.

Pasaban los días, los meses, y no aparecía un candidato merecedor de la mano de la mujer, por lo que determinó organizar un gran banquete en su castillo, al que asistiría todo pretendiente bien posicionado. Tanto éxito tuvo el festejo que no encontró a uno, sino a dos: ambos habían derrochado galanterías hacia la princesa, desde el inicio de la gala.

El padre, indeciso pero satisfecho con las dos proposiciones, encargó una prueba diferente para cada uno, de modo que el primero que terminase su tarea con éxito obtendría la mano de la princesa. Uno de ellos, Alí, se encargaría de traer el agua de Tibi al castillo, construyendo una acequia tan larga y robusta como fuera necesario. El otro, Almanzor, viajaría hasta las Indias, por mar, y traería las mejores especias que allí encontrase, para deleite de la joven princesa.

Ambos comenzaron con decisión sus correspondientes encargos, pero Alí, que era quien debía canalizar el agua, comenzaba a distraerse agasajando a la princesa y viéndola a escondidas. No tardó en ser correspondido y, juntos, profundamente enamorados, comenzaron a planear su próspero futuro.

Abd al-Rahman I y su mujer, de Edwin Long. Escena que evoca a la leyenda del Castillo de Santa Bárbara.

Pero tan absorto había estado Alí con su amada que desatendió su tarea y, cuando pensaba que ya nada le podría separar de la princesa, Almanzor llegó de las Indias cargado con lo que el caudillo le había encomendado y, por lo tanto, con su tarea completada.

El padre de Cántara, cumpliendo con su palabra e ignorando los ruegos de su hija, quien ya había hecho su elección, entregó la mano de esta al competente Almanzor, para disgusto de los amantes.

Alí, afligido y desposeído de su amada, no halló mejor remedio para su pena que quitarse la vida saltando desde lo alto de la sierra de Tibi, creando un inmenso socavón en el lugar de su caída. La princesa, con igual pena, si dirigió al cerro de San Julián y, ensimismada en su desdicha, saltó mortalmente al vacío.

Tal era la amargura que sentía el emir por haber causado la pérdida de su hija, que rogó a Alá el peor de los castigos. Así, quedó él mismo petrificado bajo su despojada fortaleza y, aún hoy, podemos ver su rostro allí mismo, mirando a poniente: la Cara del Moro de Alicante, bajo el Castillo de Santa Bárbara.

Conmovidos por tan trágica historia, decidieron los habitantes de Al-Laqant rebautizar la ciudad con el nombre de Alicántara, en memoria de la princesa árabe, y de tal nombre cuentan que procede la denominación actual de la ciudad.

Si conoces otras versiones de la leyenda de la Cara del Moro de Alicante, por favor, comparte tus comentarios más abajo.

Enlaces de interés:
La Encantá morisca, e íbera, de la Vega Baja del Segura.
El tío Roc y el tesoro del Cabeçó d’Or.
Lista y mapa de rutas en Alicante.

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